Debates. Debates everywhere.

Es difícil encender la televisión, darle una vuelta a la lista de canales, y no encontrar un debate sobre algún tema. Es algo muy común en muchos programas, tanto en programas supuestamente serios, como en programas menos serios. Incluso en Telecinco hay debates (sí, sí, de verdad, os lo prometo). Debe ser parte de nuestro sistema, tan democrático él, que no tendría sentido si no pudiéramos expresar libremente nuestros puntos de vista. Hay debates sobre todo tipo de temas. Desde cuestiones políticas o de sociedad, hasta cosas del mundillo del corazón. Vamos, que lo mismo te encuentras con unos analistas económicos hablando sobre la prima de riesgo, que te topas con unos ex-concursantes de cierto reality show poniendo a parir a los concursantes actuales del mismo reality show. Hay debates con un moderador (con su carrera de periodismo acabada y todo) que concede los tiempos y mantiene el orden del debate, y los hay también con un presentador que no sólo no modera, sino que participa dando su opinión, y que es incapaz de controlar a la media docena de neuronas enfurecidas que suman los participantes.

Debería estar agradecido por vivir en un país en el que se puede debatir sobre cualquier tema. Y lo estoy, ojo. No me interesan la mayoría de ellos, pero me parece estupendo que se discuta con pasión si cierta tonadillera ya tenía bigote desde que era joven, o si experimentó algún cambio al besar a Julián Muñoz la primera vez. Sería una vergüenza que semejante tema sufriese censura. Faltaría más. Pero, desde la ignorancia, lo que no alcanzo a entender es el debate en sí. Su método. ¿Qué sentido tiene enfrentar dos posiciones opuestas e irreconciliables? El debate debería ser un medio para conocer un asunto desde varios puntos de vista con el objetivo de comprenderlos y tratar de construir un modelo común en el que todos alcancen un consenso. Pero no es así. Cuando en televisión se debate sobre un tema político, llevan a un representante de ideas muy conservadoras y lo enfrentan a un defensor de las tesis más progresistas. Si se debate sobre el aborto, aparece alguien que defiende el aborto libre para todos y, enfrente, alguien para quien el aborto no debe hacerse nunca en ningún caso. No hay término medio, no hay posiciones defendidas con cautela, es todo un enfrentamiento entre posiciones extremas. Y no se convencen los unos a los otros, sino que vuelven a casa pensando exactamente lo mismo que pensaban antes del debate. Se supone que el espectador, crítico e informado como son la mayoría de españoles, es quien tiene que construir una idea a partir de los argumentos expuestos. Es decir, se pretende que el observador llegue a sus propias conclusiones a partir de dos contendientes que no son capaces de admitir que el otro puede tener razón en alguno de los puntos debatidos. Curioso sistema.

Quizá soy yo, que soy un poco gilipollicas, y no entiendo nada de esto por culpa de haber seguido una formación científica, en la que las cosas que te enseñan no son “porque sí”, sino que tienen su demostración y vienen apoyadas por datos experimentales. No quiere decir esto que no haya debates en ciencia, ni que los científicos seamos una especie de secta con unos dogmas a los que llamamos leyes de la naturaleza, las cuales no admiten discusión. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre es que el debate científico es otra cosa. Cada artículo científico que se publica en las revistas especializadas ha sufrido un proceso de revisión en el que una serie de árbitros, expertos en el tema en cuestión, analizan el artículo enviado a la revista y discuten con el autor hasta que se alcanza un consenso, el artículo gusta a ambas partes, y se da luz verde para su publicación. Hay debate también cada vez que se organiza un congreso sobre las contribuciones más recientes, al final del cual se resumen los puntos en los que existe un acuerdo y aquellos en los que no hay evidencias suficientes para llegar a una conclusión clara, y en los que hay que seguir trabajando. Y vuelve a haber debate cuando nuevos datos parecen desafiar a lo que ya antes había sido aceptado por la comunidad. La investigación científica siempre va ligada al debate, pero siempre en busca de un consenso. Y eso no ocurre en un típico debate sobre, por ejemplo, la sanidad pública, la economía o la existencia de ovnis. No me imagino a un político de Izquierda Unida aceptando que cierta medida del Partido Popular ha tenido éxito. Ni lo contrario. No puedo visualizar a un obispo anti-abortista reconociendo que, al menos en parte, estaba equivocado, ni a un pro-abortista admitiendo que, quizás, haya unos pocos casos en los que no debería practicarse el aborto. Y si alguien sale en el programa de Iker Jiménez diciendo que los ovnis ya están aquí, ningún argumento le hará opinar lo contrario, ni ceder un mísero centímetro en su postura. Porque, aunque en todos esos casos se presentan argumentos (salvo que estemos en Telecinco), el objetivo de cada contendiente no es llegar a un acuerdo, sino imponer la ideología propia. Sí, es realmente curioso todo esto del mundo del debate.

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